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Trona a Roma, plora a Denia

por Carlos Roselló Almerich

Esta es mi dedicatoria a la persona que tanto se quejó de que nunca le escribí una carta. Aún me hace eco en el alma cuando me dijiste:

 

No le cuentes a mi hermana como nos conocimos de verdad.

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No me gusta que quedes a solas con tu amiga.

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Si me quieres, cancelarás ese vuelo.

 

Te he insultado por internet porque me lo ha dicho una canción de Spotify.

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Te he hablado de nuevo de madrugada porque me lo ha dicho Twitter.

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Durante el trayecto has puesto una canción que no me gusta para cantarla con tus amigos. Me da la impresión de que no me quieres.

 

No me ganes a juegos de mesa delante de mis amigos.

 

No tienes responsabilidad emocional, pero creo que ir a terapia de pareja sería tirar el dinero.

 

Te dejé porque estaba pasando un mal momento, pero ya estoy bien para volver.

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Intento a conciencia no culparte, porque la gente es buena y la situación era mala. Pero no puedo cicatrizar si me llamas para arrancarme las costras.

Después de pensar que por fin volvía a ver las estrellas, resultó ser un avión. No el del 29D, el funerario de Enea. Ni el comfort de alguien con su mismo nombre me ha servido para desdesquiciarme.

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He venido solo a Roma porque mi psicóloga está de vacaciones, y a mí me aguantan si pago. Así que brindo aquí con la silla vacía por las cosas que odio: la envidia a mis amigos sentimentalmente exitosos, mi familia ausente, el sexo por validación masculina y el departamento de análisis.

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Un cordialísimo beso con lengua,

C.

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